La magia del movimiento para la salud cerebral


La tecnología moderna nos ha dado el privilegio de llevar una vida sedentaria, pues casi todo lo que necesitamos en estos tiempos está disponible sin que tengamos que esforzarnos demasiado; mucho menos salir de la cama.

Nuestro preciado genoma espera que hagamos ejercicio aeróbico con frecuencia, pues lo requiere para sustentar la vida. Pero por desgracias muy pocos de nosotros respetamos dicha exigencia hoy en día, y las consecuencias se reflejan en las altas tasas de mortalidad y de enfermedades crónicas.

En la actualidad, se ha demostrado que las deficiencias de neurotrofinas están involucradas en diferentes enfermedades...

Como la epilepsia, la enfermedad de Alzheimer, de Parkinson y la depresión. Las neurotrofinas o factores neurotróficos son una familia de proteínas formada por el factor de crecimiento nervioso (NGF, del inglés nerve growth factor), el factor neurotrófico derivado del cerebro (BDNF, del inglés brain-derived neurotrophic factor), la neurotrofina-1 (NT-1), la neurotrofina-3 (NT-3) y la neurotrofina-4 (NT-4). Se vierten al torrente sanguíneo y son capaces de unirse a receptores de determinadas células para estimular su supervivencia, crecimiento o diferenciación. Una de sus funciones es impedir a las neuronas diana que inicien la apoptosis, permitiendo así que las neuronas sobrevivan.


¿El ejercicio puede hacernos más inteligentes?

Esta idea ha intrigado no sólo a los investigadores tradicionales que trabajan en laboratorios biomédicos, sino también los antropólogos que buscan las claves del desarrollo de la humanidad a lo largo de los milenios. En 2004 la revista Nature publicó un artículo de los biólogos evolucionistas Daniel E. Lieberman, de Harvard, y Dennis M. Bramble, de la Universidad de Utah, quienes argumentan que hemos sobrevivido tanto a lo largo de la historia gracias a nuestras proezas atléticas.*

Fueron nuestros ancestros cavernícolas quienes lograron escapar de los depredadores y cazar presas valiosas para comer, lo cual les permitió sobrevivir, producir alimentos y generar energía para reproducirse.

Es una hipótesis maravillosa: estamos diseñados para ser atletas, de modo que vivamos lo suficiente para procrear. La ciencia evolutiva del pasado disfrutaba hablar sobre nuestros comportamientos carnívoros y nuestra necesidad de interacción social, lo cual exige patrones de pensamientos complicados. Según investigaciones recientes, le debemos buena parte de nuestro cerebro a la necesidad de pensar... pero también a la necesidad de correr.


¿Qué es el BDNF?

Mark Tuszynski, de la Universidad de California, demostró que uno de los factores integrado en esa familia de proteínas -conocido como BDNF– evitaba la muerte neuronal en modelos de lesiones cerebrales en primates y ratas, y también la disfunción cognitiva en los mismos animales de edad avanzada. El BDNF se considera, además, importante para la memoria a largo plazo (Insua, 2003).

Una forma de incrementar las neurotrofinas cerebrales es hacer trabajar al cerebro para que fabrique mayores cantidades de estas sustancias. Es decir, cuanto más activas estén las células del cerebro, más cantidad de neurotrofinas producirán y esto generará, a su vez, mayores conexiones entre las distintas áreas del cerebro. La consecuencia será un cerebro con mejor funcionamiento, una mejor memoria y un mejor estado de ánimo (Insua, 2003).

La mayor parte de actividades que se realizan a diario consisten en una serie de rutinas que hacen que el cerebro funcione automáticamente, con un mínimo de desgaste, para lo cual requiere un mínimo de energía. En decir, las actividades rutinarias son inconscientes, las experiencias pasan por las mismas carreteras neuronales ya formadas y no hay producción de neurotrofinas.


¿Cómo podemos hacer al cerebro "correr"?

Para Iván Izquierdo, prestigioso neurocientífico argentino, la mejor recomendación es leer, leer y leer pues con la lectura se activan todas las regiones de la corteza cerebral (Insua, 2003). Por otro lado, la actividad física es uno de los recursos efectivos para aumentar los niveles de neurotrofinas. De hecho, ha emergido como un modulador de las funciones mentales superiores durante la vida, ya que ha demostrado afectar varios sistemas de neurotransmisores. Específicamente, el factor neurotrófico derivado del cerebro (BDNF), es un mediador clave en el mejoramiento de las conexiones sinápticas y en la capacidad del cerebro de cambiar y remodelar dichas conexiones (plasticidad), dependiente de uso.


El BDNF también impulsa el crecimiento cerebral...

Razón por la cual la nueva hipótesis es que la actividad física puede habernos ayudado a evolucionar y a convertirnos en seres inteligentes y agudos. David A. Raichlen, antropólogo de la Universidad de Arizona y líder en el campo de la evolución del cerebro humano, explica en una entrevista a The New York Times:*

El más atlético y activo fue el que sobrevivió y, como con las ratas de laboratorio, heredó las características fisiológicas que mejoraran su resistencia, incluyendo los niveles altos del BDNF. A lo largo, estos primeros atletas tuvieron tanto BDNF en el organismo que una parte migró de los músculos al cerebro, donde fortaleció el crecimiento del tejido cerebral.

Una vez teniendo una fuerte capacidad para pensar, razonar y planear, los primeros humanos pudieron ir puliendo las habilidades que necesitaban para sobrevivir, como aquellas para cazar y matar a las presas. Se beneficiaron de un círculo de retroalimentación positivo: estar en movimiento los hizo más inteligentes y la agudeza mental les permitió mantenerse activos y moverse de manera más efectiva. Con el paso del tiempo, los humanos terminarían por dedicarse al pensamiento complejo y al inventar cosas como las matemáticas, los microscopios y las computadoras.


El meollo del asunto...